EL PROTOCOLO NO PUEDE ESTAR POR ENCIMA DEL RESPETO POLÍTICO Por Rodrigo Carpero– Diario La Bisagra La última sesión del Concejo Deliberante de la Capital dejó al descubierto un debate que fue mucho más allá de una ceremonia institucional. Lo que debía ser una jornada de reconocimiento terminó generando cuestionamientos sobre las formas, los gestos políticos y el verdadero valor que hoy se les otorga a las trayectorias de quienes han dedicado años al servicio público. Entre los temas que más resonaron estuvo el supuesto desaire del gobernador Marcelo Orrego hacia el intendente de Angaco, una situación que, para distintos sectores políticos, evidenció una falta de consideración institucional que no pasó inadvertida. A ese episodio se sumó una gala de entrega de distinciones como Ciudadano Ilustre que, lejos de despertar consenso, dejó un sabor amargo entre asistentes y dirigentes. Para muchos, la ceremonia estuvo excesivamente condicionada por el protocolo y la puesta en escena, relegando el reconocimiento sincero a las trayectorias y los aportes de quienes fueron homenajeados. En los pasillos políticos comenzaron a escucharse voces que hablan de una política donde el temor a romper el libreto pesa más que la espontaneidad y el respeto entre dirigentes. El protocolo, necesario para ordenar los actos oficiales, no debería convertirse en una barrera que impida los gestos de cordialidad, el diálogo o el reconocimiento institucional. La democracia también se construye con símbolos. Un saludo, una palabra o un gesto de respeto entre autoridades representan mucho más que una formalidad: reflejan la calidad institucional de una provincia. Cuando las diferencias políticas ocupan el centro de la escena y las trayectorias quedan en un segundo plano, los homenajes pierden parte de su esencia. El reconocimiento público debería trascender las disputas partidarias y convertirse en un espacio de unión y valoración de quienes han contribuido al desarrollo de la comunidad. Porque, al fin y al cabo, los cargos son transitorios, pero el respeto institucional y el reconocimiento a la trayectoria deberían permanecer como valores permanentes de la vida democrática.