Cuando la confrontación desplaza a la gestión En la política moderna, la confrontación suele ser una herramienta eficaz para dominar la agenda pública. Sin embargo, cuando el enfrentamiento permanente termina ocupando el lugar de las respuestas concretas a los problemas cotidianos, el riesgo es evidente: la discusión política se transforma en un espectáculo mientras las preocupaciones de la sociedad continúan esperando soluciones. Las recientes declaraciones del presidente Javier Milei contra el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva reabrieron un debate que trasciende el contenido de los dichos. Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas, la pregunta que merece hacerse es si la Argentina gana algo cuando sus principales titulares internacionales vuelven a estar marcados por la confrontación antes que por la construcción de acuerdos. En democracia, la crítica forma parte del ejercicio del poder. También lo es el derecho del Presidente a expresar sus convicciones. Pero la misma firmeza con la que se defienden las ideas debería ir acompañada por la responsabilidad institucional que exige respaldar las acusaciones con pruebas y sostener el debate sobre datos verificables. Cuando predominan las descalificaciones, el nivel del debate público inevitablemente se deteriora. Mientras tanto, la sociedad enfrenta desafíos mucho más urgentes: empleo, consumo, actividad económica, inflación, salarios y oportunidades de crecimiento. Son esos temas los que ocupan la mesa de millones de argentinos cada día. La ciudadanía espera respuestas concretas antes que nuevas polémicas. También corresponde reconocer que cualquier evaluación sobre la gestión presidencial debe realizarse considerando indicadores objetivos y evitando caer en simplificaciones. Los gobiernos son juzgados, finalmente, por sus resultados y no por la intensidad de sus discursos. La Argentina necesita una dirigencia capaz de discutir ideas sin convertir cada diferencia en una batalla personal. La política puede ser apasionada, pero no debería perder de vista su razón de ser: mejorar la vida de quienes representan. Cuando el ruido supera a las soluciones, la democracia se empobrece. Y cuando la confrontación permanente desplaza a la gestión, el riesgo es que la agenda del poder termine alejándose de la agenda de la gente. Rodrigo Carpero Periodista – Diario La Bisagra