Editorial | Por aciar_ruben@yahoo.com

La historia como arma: ¿hasta dónde llega la responsabilidad del pasado en el presente?

Cuando las redes sociales convierten la historia en insulto, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Una reflexión crítica sobre racismo, colonialismo y la responsabilidad de mirar nuestro pasado sin rencor. ¡No te pierdas este análisis profundo que desafía nuestras creencias!

  • 17/08/2026 • 18:29
Epígrafe: La historia no debe convertirse en un arma de odio, sino en una herramienta para comprender el pasado y construir un presente sin discriminación.

Cuando la historia se convierte en insulto

 

Por Rubén Aciar, periodista

 

Las declaraciones difundidas en redes sociales por el dirigente Santiago Cúneo, a propósito de las acusaciones de racismo contra los argentinos y de la relación histórica entre España y América, vuelven a poner sobre la mesa una discusión que merece algo más que gritos, insultos y consignas: la necesidad de mirar nuestra historia con honestidad, pero también con responsabilidad.

 

Es indiscutible que la conquista y colonización de América estuvieron atravesadas por violencia, sometimiento y explotación de los pueblos originarios. También es cierto que España, como potencia imperial, ejerció durante siglos un dominio colonial sobre amplios territorios americanos. Negar esos hechos sería desconocer una parte fundamental de nuestra historia.

 

Pero reconocer el pasado no significa convertirlo en una herramienta para alimentar enfrentamientos actuales entre pueblos. Tampoco corresponde atribuir a los españoles de hoy la responsabilidad individual por los actos cometidos hace siglos. La historia debe servir para comprender, no para construir nuevas formas de discriminación.

 

El debate se vuelve todavía más delicado cuando se mezclan cuestiones tan diferentes como la identidad nacional, la monarquía española, el conflicto de Palestina, el racismo y las discusiones políticas argentinas. Defender los derechos humanos del pueblo palestino no obliga a nadie a justificar la historia de una monarquía. Del mismo modo, cuestionar la colonización española no habilita a generalizar ni a descalificar a millones de personas por su nacionalidad.

 

Hay una diferencia enorme entre analizar críticamente el colonialismo y utilizar ese pasado como combustible para el insulto.

 

La Argentina, como sociedad, también tiene una historia compleja respecto de sus pueblos originarios. Por eso, si queremos hablar seriamente de racismo, deberíamos hacerlo mirando no solamente hacia Europa, sino también hacia nuestras propias contradicciones. La discriminación no desaparece porque cambiemos de víctima o de bandera.

 

Las redes sociales parecen haber convertido la discusión pública en una competencia por quién grita más fuerte. En ese escenario, la historia termina reducida a frases contundentes, enemigos prefabricados y acusaciones sin contexto. Y cuando eso ocurre, perdemos la posibilidad de aprender de ella.

 

También resulta necesario separar una opinión política de una afirmación histórica. Decir que una final deportiva fue “robada” por una conspiración internacional, o vincular automáticamente acontecimientos deportivos con decisiones políticas de determinados dirigentes, requiere pruebas y argumentos, no solamente indignación.

 

La memoria histórica no necesita insultos para ser reivindicada. Los pueblos originarios merecen reconocimiento, reparación y respeto sin necesidad de convertir a los españoles contemporáneos en enemigos. Los argentinos tampoco tenemos que aceptar etiquetas colectivas de “racistas” sin discutirlas con argumentos.

 

Quizás el verdadero desafío sea justamente ese: dejar de utilizar la historia como un arma y comenzar a utilizarla como una herramienta de comprensión.

 

Porque los pueblos no son eternamente culpables de lo que hicieron sus antepasados, pero sí tienen la responsabilidad de conocer ese pasado para no repetir sus injusticias.

 

En tiempos de discursos cada vez más agresivos, estudiar, contrastar y debatir parece mucho menos espectacular que insultar. Sin embargo, es infinitamente más necesario.

 

La historia no necesita revancha. Necesita memoria, verdad y pensamiento crítico.

 

Rubén Aciar

Periodista – Diario La Bisagra